Dic 31 2020

Más SER; adiós 2020, hola 2021

Published by at 12:23 pm under personal,Reflexiones

Me gusta tomar café solo, dejar que se enfríe a su ritmo, como queriendo contagiarme de su tempo, sin prisas, invitando a que las palabras surjan cuando les dé la gana, de la misma manera que decido el momento de dar el primer sorbo. Son momentos de respeto mutuo diría yo, donde a veces interfiere el sobre de azúcar que acompaña al plato que sostiene la taza. «El buen café no necesita azúcar y el malo no se la merece» me enseñó un buen amigo mío y comprendí en esa frase el sentido de muchas cosas que suceden en nuestra vida. El sobre está ahí pero a veces se echa sin necesidad, algunas por mera costumbre, otras porque total ya que está, y las menos lo dejas donde está, en su sitio, si es que ése debe ser el suyo. De vez en cuando le da por iniciar la conversación con una de esas frases que lleva incrustada que apenas caben en unos pocos centímetros, los suficientes para decidir si le sigues la corriente.

El año que cumplí cincuenta años llegó con un propósito firme, VOLVER, como queriendo retomar una conversación pendiente o regresar a esa página del cuaderno de mi vida que empecé a trazar y lo dejé para otro día. Tenía sentido, los ciclos vitales se manifiestan especialmente en momentos redondos como homenajeándolos, y cuando entras en una nueva decena, parece que tienes que repasar los puntos importantes que aparecen en los índices de tu vida, para saber bien qué sí o qué no o simplemente ahora qué. Mirar atrás sigue siendo un ejercicio de los que merece la pena dedicarle cierta atención, recomendable con un café recién hecho sobre la mesa, haciendo de intermediario entre el repaso que das y las ideas que van surgiendo durante ese momento. A esas conexiones le llaman sinapsis y se producen cuando menos te lo imaginas, y derivan en acciones, ideas, encuentros, palabras, llamadas, gestos, silencios, abrazos. Silencios. Abrazos.

No quisiera darle mucho protagonismo a la #Covid19 en estas líneas; se ha escrito tanto que uno siente el peso de la infoxicación sobre este tema desde hace unos meses. No quiero alejarme de la prudencia, de la preocupación por nuestr=s mayores; me conecta básicamente con reconocer que todo empieza en la responsabilidad de un= mism=, al mismo tiempo que veo posiciones de muchas personas que se han manifestado de tal manera ante este tema que no vislumbro claridad en los escenarios futuros, en muchos ámbitos. Probablemente sea lo que más estoy aprendiendo en todo este tiempo. Esa gente.

Tomo un nuevo sorbo de café al mismo tiempo que se dibuja ese gesto de quien mira al frente dejando que la vista se pierda, precisamente, hasta un café compartido que me transportó a mediados de los 90, cuando la profesión y el oficio de la publicidad estaba en mis inicios profesionales. Ese cosquilleo de los nervios del principiante, de sueños por cumplir en cada frase «tenemos un brief», de sentir que la publicidad era una mezcla de arte, emociones, racionalidad, argumentos y rienda suelta. Este cosquilleo llegó este año, quizá provocado por las casualidades tras sentir maravillosas sensaciones en ese lugar que debería ser de peregrinaje obligado que es el Centro de Documentación Publicitaria, meses atrás. Este café más actual iluminó ilusiones renovadas, a propuestas con el sí y el acuerdo de entrada sin saber más detalles, a VOLVER A CONECTAR, a renovar creencias y principios, a descubrir nuevos equipos compuestos por nuevas personas, a conocer otras maneras de pensar, a adaptarte a nuevas circunstancias y sobre todo a dar lo mejor de uno mismo, precisamente porque ése fue el motivo de este café inolvidable. Todo un año con un proyecto en ciernes donde redescubrí como los posos de un buen café, que las buenas cosas se cocinan con calma, con muchísimas conversaciones y sobre todo con una extraordinaria capacidad de escucha mutua que cuando te quedas a solas quieres recuperarla por cualquier rincón de tu casa, como si te hablaran las paredes, como si cualquier objeto te expusiera una nueva idea que aparecía en escena.

Me pongo un segundo café para seguir con esta complicidad que estamos construyendo con este fruto en forma de deliciosa bebida y descubro que son esos matices los que hacen que las cosas, las ideas, las personas, los sentimientos, los motivos, las dudas, preguntas, las frases, las soluciones y los por qués, se conviertan en nuevos modos de acción. Matices es acción, de la misma manera que no dar nada por supuesto y desenmascarar primeras impresiones para poder profundizar en la búsqueda de esos mínimos detalles que lo son todo. Nos hemos obligado a adaptarnos sin preguntar por qué, y es donde hemos tratado que esos matices que pasábamos por alto, tengan ahora su protagonismo real. Conversaciones más frecuentes, pantallas mediante; recuperar llamadas, recuperar aquel libro que empezaste pero lo dejaste de lado, o simplemente hacer que tus manos recobren una nueva vida ya que los abrazos y el roce se vieron castigados al rincón, y descubran escribir de puño y letra o simplemente mancharte de pintura, de harina o cualquier otra materia. Reconocer la caricia, el abrazo, las palabras no dichas, las sonrisas al darte la vuelta, etc. La suficiente para darte cuenta de que hay cosas que merece la pena sentir para entender mejor la vida propia y sobre todo las ajenas, en especial, aquellas que te importan de verdad y no te diste cuenta. Este nuevo sorbo de este segundo café tiene aún un sabor más profundo.

Dejo la taza de café fuera del plato para obligarla a decidir si quiere salir de su espacio impuesto y vivir otras sensaciones. Lo hago porque en estos momentos que cierran un año sin un calificativo claro, aunque los demonios nos lleven a ello, prefiero pensar en lo que está por venir. Escuché en una maravilla de canción por mi mes de febrero eso de «Los recuerdos no saben regresar porque mi memoria los quiere apagar…» porque quisiera que los recuerdos nos lleguen precisamente para actuar en lo que está por venir. Nos han demostrado que los planes en realidad son efímeros, que mirar muchísimo más allá quizá nos produzca esa mezcla de ilusión y de frustración, y que hemos de saber convivir de una vez con lo que tenemos aquí y ahora, con eso que tenemos que ya es mucho aunque nos sepa a poco.

Así que a 2021 le quiero únicamente pedir que nos permita SER, que nos permita SENTIR, porque solamente de esta manera reconoceremos lo que podemos aportar para el resto. Y este SER-SENTIR nos debe obligar a dar lo mejor que tengamos en cada momento. Solo de esta manera podremos ser un poco mejores que ayer, un poco mejores profesionales y un poco mejores personas, que quizá es lo que necesitemos más como sociedad.

No queda nada ya en mi taza de café. No es momento de pedir otra, lo dejo para poder compartir un café contigo que estás en estas líneas, cuando desees. Solo hay que hacer «toc, toc». He descubierto que lo mejor del café no es su sabor, ni su olor, ni su color, ni su toque adecuado de acidez dulce; lo mejor del café son las conversaciones que se producen con él como excusa perfecta. Si al 2021 tuviera que pedirle algo sería que me permitiera seguir recuperando esos momentos y compartirlos. Hemos aprendido tanto de compartir en el 2020 que el camino está abierto, abonado, sembrado y solo queda que lo cuidemos más aún.

Gracias por estar ahí.

Gracias por cada segundo que pasáis entre estas líneas del blog. 

Gracias por SER. 

Gracias.

Sed felices.

¡FELIZ 2021!

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La foto de inicio es de Pixabay, de IsraelBest

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