Sep 07 2021

Verano’21 a las 2: creatividad, retos y terraza

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La bendición del portátil rompió por un momento el idilio con los cuadernos de papel. Me ocurrió hace un tiempo. Eso de poder llevártelo de un lado a otro era una enorme ventaja pero en cambio un incordio aceptado que te mantenía atrapado en cualquier lugar y a cualquier hora del día. Lo encendía a primera hora, como todos los días; un rato a la noche, por lo del ocio; ocupaba una de las partes más protegidas del maletero de las vacaciones y llegó a ser ese «por-si-acaso» que te acompañaba allá donde fuera. Llegó a competir en periodos veraniegos con las novelas que tenía pendientes, a esos libros en inglés que nunca tenía tiempo de ponerme con ellos y con los cuadernos que llevaba para apuntar, escribir, garabatear y dibujar.

Hace unos años decidí tener solo «EL cuaderno de las vacaciones«. Cada vez que nos íbamos a cualquier ciudad viajaba conmigo, en la bolsa de «mis cosas», coincidiendo a veces con el propio portátil. A saber qué se dirían entre ellos para ver quién captaba mi atención en destino. Uno, el portátil, y otro, el cuaderno, convivían durante unos días y después, de vuelta a casa, el portátil volvía con sus rutinas a su habitual estado de trabajo, y el cuaderno lo dejaba a buen recaudo en «la caja de mis cosas», hasta nueva orden.

Llevo ya tres cuadernos completos, con dibujos, historias, relatos, curiosidades, diarios, hojas de ruta, diálogos, versos, recetas, ocurrencias, retratos y bosquejos de ideas. Tengo hasta guardados los lápices, sí, que he usado en ellos. Lápices también exclusivos de esos recorridos, solo para esos viajes. Juntos, nuestro trío va trazando una parte personal y diría profesional, no sé si creativa pero sí necesaria. El mejor momento no es cuando te pones a ello, a lo que se tercie, que sí. El mejor momento es recuperarlo después y echar la vista atrás leyendo y revisando toda esa diversidad que mis manos y mi mente tejían en aquellos y estos días.

Este verano viajamos de nuevo juntos: el portátil, el cuaderno y el lápiz, ya de medio tamaño. Esta vez además nos acompañaba mi estuche con rotuladores de colores azul, verde, gris, negro y rojo. Para este verano 2021 me propuse un nuevo y diferente reto. El cuaderno seguiría su curso en forma de diario, no de lo que pasaba cada día sino de lo que cada día aportaba de diferente del anterior. El lápiz tenía que trazar letras, palabras, frases y párrafos. Cortos, breves. Una idea, una frase y ya. Nada más. El portátil, no. El portátil tenía que ser el soporte en el que me obligaba a un reto personal y creativo: un relato corto, de tres párrafos de no más de 6-7 líneas, que contara una historia por cada día de mis vacaciones. Me di unos días «libres» para no condicionar nada, hacerme a la idea y para «liberarme» de la obligación que llegaría unos días después. Teniendo en cuenta el día de llegada a mi ciudad, contamos 16 días de vacaciones: un relato por día, 16 relatos. Todos a primera hora de la mañana que acompañarían a mi egunon diario.

¿Por qué #dieciséis? Porque hace un año, en pleno confinamiento por la Covid-19 en nuestras casas, emprendí el reto de contar cada día de nuestras obligadas estancias en casa, de lo que sentía con todo aquello. Fueron 16, en principio, porque en teoría serían los días que estaríamos bajo el Estado de Alarma; pero, como bien sabes, fueron muchos más: 98 concretamente. Mi ejercicio llegó a 51 relatos –los puedes leer aquí–, porque era un número señalado en lo personal.

Así que este simbolismo del #dieciséis lo he retomado en este Verano’21, por lo que ayudó en aquel momento y porque, la verdad, serían más o menos los días que estaría de «asueto» con mi familia y conmigo mismo.

Aquí puedes leer #DieciséisDel21

Leí recientemente en un libro que para nuestra profesión de la publicidad-marcas-conunicación hay tres cosas muy útiles: «el interés por la lectura, la escritura y la acción». Quizá sea la principal razón que movió este reto y tiene pinta de que será una poderosa razón que permanecerá durante mucho tiempo. Me paso el día leyendo informes, poniéndome al día con referentes, el hobbie personal de la lectura toma una parte importante de las horas de mi día. Parte de mi jornada tiene a la escritura como protagonista (y no solo para mandar mails, mensajería instantánea y más) sino como el reflejo, representación y concreción de las ideas, estrategias, recomendaciones y dudas que forman parte de mi trabajo. Hasta de mis artículos en mi «otro yo», que es el deporte y los artículos de opinión y análisis de basket. Y la única manera de poder llevarlo acabo es esa: haciéndolo. Leyendo, escribiendo y «haciendo cosas». Así que siendo esta la principal acción, la consecuencia de todo ello es un aprendizaje inmenso de estos 16 días/relatos que me/nos han acompañado en estos días. Uno tras otro. Rutinario. Exigido. Necesario. Duro. Divertido. Motivante.

He aprendido que los retos están muy bien pero la clave de su éxito es llevarlos a cabo. Que exigen continuidad, rutina, tesón y cierta disciplina. Quizá no sea nada nuevo pero si nos observamos a nosotr=s mism=s es posible que muchas de esas ideas que tenemos archivadas en el baúl de nuestros «ojalá», no se han llevado a la práctica precisamente por la falta de esa continuidad, rutina, tesón y disciplina. A eso de las 7h de la mañana me levantaba cada mañana, veía el amanecer en el mar desde la terracita de la casa que nos acogió este verano y entonces comenzaba la liturgia: leer los dos relatos anteriores, pensar en la primera frase, lo suficientemente breve para ser directa, lo suficientemente abierta para que explorara campos sobre los que transcurrir el relato.

He aprendido que a medida que avanzas en un reto es cada vez más necesario tener estructuradas las ideas que van conformando la columna central y los aspectos colaterales que dan sentido a lo que vas desarrollando. He sentido esa necesidad de, vía un mapa mental, ordenar esos aspectos del relato que eran importantes: personajes, caracteres, cruces de relaciones, momentos y, por supuesto, dejar siempre disponible un espacio para las nuevas ideas que llegan, aparecen e incluso buscas para dar sentido al resto. Pensaba en la necesidad que tenemos de tener las ideas muy claras de lo que venimos haciendo para no perder perspectiva, por un lado, y ser conscientes de los pasos que vamos dando y por otro lado para que esta estructura nos sirva para la generación a su vez de nuevos nodos, de nuevas ideas, necesarias para alimentar y nutrir el proceso de trabajo que llevamos. Quizá las ideas más creativas no son aquellas que comienzan con un folio en blanco y un lápiz bien afilado, sino aquellas que surgen cuando comprendes el contexto en el que te mueves y es a partir de ahí de donde puedes explorar nuevas oportunidades y nuevos caminos.

He aprendido que en una profesión como la nuestra, donde la capacidad de «sorprender» y «diferenciar» es una condición innegociable, es necesario entender bien todos los marcos de referencia que trabajamos para poder traspasar esos límites de la sorpresa y la diferenciación. Spoiler: no lo he conseguido del todo, y de ahí el aprendizaje. En algunos casos esa sorpresa se daba, en otros querías llegar pero conforme avanzabas se alejaba, como decía Eduardo Galeano, pero meramente recorrer el camino un día tras otro merecía la pena porque al final era consciente de que siempre avanzabas. Que tampoco está nada mal.

He aprendido que para desarrollar nuestras habilidades y nuestras destrezas solo hay un único camino: proponértelo y hacerlo. Es un nimio detalle pero eso de que en vacaciones el horario matinal sea el mismo que durante el resto del año tiene una pizca de contrasentido, la «necesidad» de escribir en unos 90 minutos un relato que pudiera continuar con algún detalle tomado de los anteriores y que fuera capaz de abrir nuevas puertas es de una dureza importante (creo entender lo dura que debe ser la vida de un/a escritor/a profesional con la presión de editar una nueva obra con cierta continuidad), pero puedo asegurar que la satisfacción alrededor de las 9.00h de la mañana, de publicar mi #eeeguuunoooon particular junto al #DieciséisDel21, un día tras otro, y así durante dieciséis días, ha sido maravilloso.

A día de hoy mi cuaderno de vacaciones está guardado en su sitio. Lo he sacado en un par de ocasiones para escapadas de última hora y se ha dejado manosear y garabatear como siempre por el lápiz de turno. El espacio de los relatos sigue ahí, de vez en cuando lo visito digitalmente para ver si tiene sentido, y recuerdo cada amanecer, el sonido de las gaviotas y el calorcito de la chaqueta de chandal que combatía el frescor mañanero gallego, con suma alegría. Y sobre todo me llevo esa satisfacción de comprender de nuevo que la creatividad no es una musa que aparece siempre que lo pides sino que se convierte en una rutina y una disciplina que te hace plantearte día sí, día también, cualquier sentido que quieras dar a tus proyectos.

Por cierto, he aprendido que tengo muchísimo que mejorar, muchísimo.


El video de entrada es de La Vela Puerca, un grupo uruguayo que conocí este verano en Pragueira gracias a Gastón.

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Ago 31 2021

Verano’21 a la 1: Ibai, apocalípticos e integrados

Tiempos de descanso, conexión y reconexión que se retuercen convulsamente en ocasiones. Esto nos suele entregar el verano, de vez en cuando. Probablemente necesario para que podamos poner las cosas en su sitio a la vuelta, ahora que las observamos un poco a distancia, y pensando en cómo irlas cambiando, que si no, nos volvemos cómod=s y eso no es del todo bueno.

En estas estábamos hasta que Ibai Llanos provocó con su enorme salto –en realidad siguió a lo suyo– una pequeña revolución. En su día eligió un camino diferente y está resultando que ese camino tiene visos de ser transitable excepto para quien no quiere reconocer ni el camino ni siquiera es consciente de que con sus vehículos le será imposible transitarlo. Ibai no lo quiso pero desde luego lo que está revolviendo a su alrededor pone patas arribas muchas convenciones en nuestro mundo de la comunicación, del periodismo, y de manera colateral al marketing y las marcas. El paradigma está cambiando y hay quien sigue empeñad= en no querer reconocerlo… hasta cuando ha comprobado que «su» espacio ha modificado su configuración, su aspecto y hasta su naturaleza.

Lo hizo en su día con Évole, lo repitió con Piqué, lo hace diariamente con algunas de sus marcas, lo impulsó con sus retransmisiones de Tokyo 2020 en Eurosport y lo remató con el affaire Messi. Quiero pensar que no todo es buscado sino que más bien hay una mezcla entre lo que quiere proyectarlo que le llega, porque le llega o simplemente porque tiene esa virtud de estar donde tiene que estar en el momento en el que hay que estar.

Quiero ir un poco más allá porque Ibai ejemplifica una situación que está replanteando el convencional paradigma de la comunicación: el tradicional un emisor > un canal > un lenguaje > un receptor «salta por los aires» cuando aparece el mundo digital, las nuevas audiencias, los nuevos contextos de uso de la comunicación y el ocio, y con Ibai un modelo donde el «tono» y la repercusión de la marca personal adquieren nuevos tintes. Quisiera compartir – por si sugiere cierto debate – una serie de claves que para mí deberían hacernos reflexionar:

  • Ruptura de la intermediación: con la llegada de lo digital, y en especial del social media, la tradicional figura de los «intermediarios» –léase los medios de comunicación de masas– se va resquebrajando porque ya no controlan ese poder de intermediación e incluso de opinión que aportan en la actualidad determinadas «figuras» individuales-personajes. Los medios de comunicación eran clave para trasladar a la opinión pública informaciones, análisis, reflexiones, tendencias, puntos de vista diversos sobre la actualidad por un lado y sobre la cultura y los comportamientos sociales por otro. Ahora, una «persona–marca personal» se convierte en una referencia de tal calibre que no necesita de estos medios para hacer llegar su mensaje o su reflexión. En este caso, son otros intereses de actualidad quienes buscan a estas «personas-referentes» (no utilizo lo de influencer a posta) para que a través de ellos se establezca una relación y una conversación sobre un aspecto determinado. Lo hemos visto con Messi seleccionando a Ibai Llanos para lanzar su mensaje.
  • Replanteamiento de las cabeceras de los medios: La credibilidad y la confianza de la sociedad con los medios de comunicación estaba asociada a la cabecera a la que perteneciera. Simplemente mencionar la SER, Antena 3, BBC, COPE, New York Times, EITB, Vocento, etc, reflejaban el grado de credibilidad y confianza que de por sí aportaban meramente al mencionarlos. Hoy esta credibilidad y confianza se está trasladando directamente a los propios periodistas-comunicadores, algunos pertenecientes a dichos medios. Incluso algun=s de ell=s colaboran a su vez con diferentes cabeceras y en diferentes plataformas. Acudir hoy a estas cabeceras ya no aporta tanto como la propia persona-referente-comunicadora en sí. Esto es un cambio esencial. Quiero leer, escuchar, oír a determinada persona concreta que YA tiene presencia digital que además va aumentando en visibilidad y en credibilidad y confianza. No tengo que esperar a que «su» medio incorpore un punto de vista sino simplemente saber qué opina y qué dice esta persona en particular. Quiero leer a Ramón Besa, a Mikel Ayestarán o a quien fuera, sin importarme su medio de referencia. Un posible reto a futuro es que después estas personas-referentes-comunicadoras vinculen su marca personal a su medio (que analizaremos en otro momento).
  • Contenidos multiplataforma coordinados entre sí: Esto es algo que lo comprobamos cada vez más. Webs de cadenas de radio con miles de visitas, podcasts o videonoticias de diarios de prensa emitidos en plataformas de socialmedia, etc. El seguimiento de la actualidad y la inmediatez, se traslada directamente a los socialmedia y no «esperan» a su medio original en sí. Por tanto, el mismo contenido puede distribuirse en diferentes plataformas a las del propio medio en sí. Un tweet de un medio, un directo de un «periodista» adquiere mayor relevancia que esperar a su cabecera en sí. Esto afecta lógicamente al trabajo ingente para un/a comunicador/a en el sentido de adquirir nuevas habilidades profesionales que se suman a su contexto concreto. El mismo contenido adquiere diferentes formatos que la lógica dice deberían ser complementarios unos con otros para ir aportando más valor en cada uno de ellos.
  • La actualidad vs. la interpretación de la actualidad: Si bien es cierto que de siempre los medios han diferenciado sus espacios de actualidad de los de opinión, en esta vertiginosidad de la información, el rol de muchos medios debe ir orientándose a un análisis e interpretación –aquí deberíamos hablar de la diversidad de puntos de vista– más que la mera inmediatez de la información. Es aquí precisamente donde se evidenciará el rol editorial de las cabeceras frente a las marcas personales-referentes-comunicadores que emergen en este mundo de la comunicación. La actualidad puede ser objetiva pero su interpretación es subjetiva y aquí estas marcas personales deben coordinarse junto a las «marcas cabeceras» para convertirse en referentes en ambos espacios: en la inmediatez y en su análisis.

Más allá del «fenómeno Ibai», que creo que ejemplifica un cambio de modelo, lo importante a reflexionar y a actuar de cara al futuro deberá ser cómo se producen estas relaciones entre medios de comunicación–marcas–periodistas–comunicadores–marcas personales–audiencias. Umberto Eco en su libro de «Apocalípticos e integrados» ya lo planteó ni más ni menos que en 1964 (si no lo has leído, deberías hacerlo). Precisamente establecía esa diferenciación que hoy en día tiene muchísima vigencia. Este nuevo paradigma, que deberíamos revisar pero también debatir y avanzar – donde me posiciono un poco más hacia su visión integrada  – tiene para mí una clara direccion:

… los integrados argumentan que los mass media (incluyendo los actuales medios digitales) introducen nuevas formas de hablar y esquemas de percepción que son característicos de una nueva sociedad. (vía Lateralia)

Si hasta ahora veíamos la marca personal como un ámbito de visibilidad de nuestra actividad, quizá más orientada al ocio, lo banal, las conversaciones inmediatas, ahora adquiere una nueva órbita porque su desarrollo vendrá precisamente en cómo construyen la credibilidad y confianza de cada una de ellas más allá de la mera presencia e identidad digital y por otro cómo los «medios de comunicación» gestionarán interna y externamente esta credibilidad desde una óptica colectiva pero también incorporada con una óptica individual. Digamos que las audiencias de hoy pero también las audiencias de «mañana» consumirán este nuevo tipo de relaciones de información, comunicación y marcas para saber e interpretar la nueva realidad a la que nos enfrentamos. 


La foto de inicio es de Pixabay, de GDJ

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Ago 04 2021

Lo natural de las despedidas

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No nos han enseñado a las despedidas. Quizá por eso sean tan duras. Las lágrimas escapan de los ojos, no encontramos respuestas a preguntas inexistentes y el vacío se llena de una sustancia irreconocible, pesada, inmaterialmente cruel. Lo único real es que las despedidas siempre han existido pero no sé si la sociedad, o nosotr=s mism=s, nos empeñamos en extender sobre ella un telón para hacerla desaparecer como si fuera un truco de magia. Y no desaparece.

Las despedidas llegan siempre. Tienen por costumbre aparecer por sorpresa, sobre todo para quienes las recibimos. ¿Ahora? Sí, ahora. Sin vuelta atrás en muchos casos. Un adiós que no se parece en nada a su primo «hasta luego». Rotundo, sin espejo retrovisor, ni retraso en su reloj. Llega.

Mira que la pandemia desplazó un año más la celebración de Tokyo 2020. Por obligación, por necesidad y por responsabilidad. Un año más de tiempo para prepararnos a un tiempo que llegaría pero que no quisimos ver. Ni el momento, ni el legado, ni sus preparativos. Un año después se celebra el evento por antonomasia mundial, los Juegos Olímpicos, una especie de olimpo de sueños, de esfuerzo, de podiums, donde las intenciones de l=s profesionales del deporte ponen su mirada fija a modo de objetivo profesional y vital. No es una competición más, no. Es LA competición. Quizá sean más cosas, lo fueron, no sé si lo serán, pero decir que eres deportista olímpico lleva consigo más significados que cualquier otra participación en cualquier otra competición.

Intuíamos que en Tokyo 2020-2021 se daría la situación. Una generación excelsa, unida, «loca», irreverente, llena de talento y de ambición, estaba llegando a su etapa final. Quizá este sea su momento definitivo final, pero aún sobrevive un estandarte que todavía se levanta por encima de las cabezas del resto, junto a sus 2.15m de altura, que iba camino de plegarse. Era esa corta edad del deporte profesional, la que marcaba el camino final, peleándose cada semana que pasaba con el deseo de conseguir su último gran logro personal y profesional. Otros ya habían dado un paso a un lado, Raül, Navarro, Reyes, etc, pero quedaba Pau. Un hombre movido por sus retos, por sus desafíos y su áurea emocional a su alrededor. Ésa que contagia a quien está a su lado, que hace moverse al resto, ésa que sirve de pequeña lección para superarse un poco más, para discutir principios que se creen intocables hasta que se desmoronan. Pau Gasol quiso seguir un poco más hasta cerrar esta puerta de su vida en un momento único, en estos Juegos Olímpicos que por definición son únicos, como experiencia, como vivencia, como desafío.

No fue explícito su adiós, nunca dijo «Tokyo y se acabó», pero tod=s intuíamos que este sería el momento. Con el acompañamiento de sus 41 años recién cumplidos, con sus últimos dos años de preparación con dirección Tokyo y con una carrera a cuestas que pesa más que todas las pesas del gimnasio que visitaría día sí, día también. Pau Gasol quería tratar de llegar al último día, a su final en LA Final, quería incitar al resto a acompañarle, a sabiendas que él solo ya no podría, pero acompañado podría ser posible. El resto aceptó, incluso con sus dudas iniciales, algunos con necesidades de descanso, de familia, de desconexión del balón, del sonido del parquet, de las últimas burbujas protectoras, de las rutinas de los horarios, con la veteranía de unos, la bisoñez de otros y la ambición de todos.

Pero la competición siempre existe como las despedidas. Quizá por eso se llevan tan bien. Competición y despedidas cabalgan juntas, donde quien toma la ventaja final es el triunfo. Hay rivales que luchan por el mismo motivo. Incluso si compites contra ti mismo. Luchas con el «y si», o luchas con el «creo que», luchas con el condicional siempre de acompañante. A veces dominas la competición, la mantienes firme, a tu lado, con tu ventaja, acariciándola para que no te empuje fuera. Otras veces, la competición es desleal a ti mismo porque se alía con quien más le coquetea y te deja de lado. Es así. Te enseñan, deberían (deberíamos), a aceptar esa «despedida» competitiva, esa derrota que se disfraza de dolor y de aprendizaje, si es que realmente se aprende. El caso es que enfrente tienes a rivales que quieren tocar con su yema de los dedos el triunfo, a pesar de que en el otro lado esté quien también haya imaginado su final feliz, soñando con el mismo premio.

Quienes sentimos el baloncesto, y el deporte, como una manera de sentir la vida, de vivirla, en su práctica, en su análisis y siempre en su disfrute, tenemos que agradecer a Pau su carrera, sus logros y sus desafíos convertidos en nuestras alegrías, en nuestros «no me fastidies, chico» o en esos «¡ buah !» que salían en nuestro boquiabierto silencio. Estos meses de julio, agosto y septiembre de estos últimos veinte años se han visto coloreados y subrayados por el protagonismo de Pau, y de sus compañeros. Y eso independientemente de su final, es de merecer. No solo por el medallero, bárbaro, sino por lo representado con todo ello. Apretar los puños de alegría, agradecer al resto, estar cuando y donde debía estar, unir y sumar, no esconderse, estar presente, ser único.

Así que necesitaba, yo al menos, dejar un espacio a la despedida para que no tratara de escabullirse en silencio entre el ruido constante del día a día. Quería una despedida que estuviera presente, una despedida que hablase en mi nombre, como otras muchas que existirán. Quería también una despedida que abrazase, en su nombre, otras que se darán al mismo tiempo, a su lado, de su mano, como la de su hermano Marc, o la de Scola, e incluso quienes estén en ese momento de dar también un paso a un lado, que es en definitiva un paso al frente. Seguramente así veamos la despedida de una manera más natural, cuando ambas partes estamos de acuerdo en sus condiciones, en su adiós y en su recuerdo. GRACIAS PAU.

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Mar 26 2021

Querido logo

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¡Cuánto me he acordado de ti estos días, querido logo!. Quería comenzar esta carta preguntándote educadamente qué tal estarías pero me temo que en esta semana en especial, estarás un poco «tocado», por ser muy sutil con la expresión; estarás hasta ahí arriba y con razón. Mira que no hay semana que se hable de ti en algún espacio, en alguna revista, blog, meme, en alguna conversación de pasillo e incluso en algunos de esos momentos y espacios sesudos donde se toman eso que llaman decisiones. Ay, querido logo, sé que estás ya cansado de que estés todo el día expuesto a cualquier comentario, venga de donde venga, de gente que opina porque es gratis hasta quien lo hace para tratar de aprender y enseñar al mundo quién eres de verdad, con pocos halagos y demasiados bochornos en forma de expresiones que, lo sé, no ayudan a tu paz, a tu verdadera esencia.

Pienso en cuando te sientas en tu sofá, bajas la cabeza y no encuentras postura cómoda para reflexionar sobre por qué te pasa siempre, desde aquella vez que Naomi Klein te puso en el disparadero, por qué estás siendo tan cuestionado, por qué eres tan protagonista aunque no quieras serlo, cuando en realidad, lo sabes bien, eres parte de un conjunto que siempre está ahí, que te rodea, que te acoge, que te da los apoyos necesarios y firmes para soportar cualquier inclemencia de la palabra en tu contra. Te imagino dándole vueltas a todo, te imagino rogando un poco de tranquilidad, intimidad y sobre todo tiempo, más tiempo, te imagino ciertamente preocupado, agotado, cansado, triste, hasta con ganas de transformarte en lo que sea antes de seguir así. Entendería un «dejadme en paz» porque sinceramente he pensado muchísmo en «que le dejen en paz de una vez».

Recuerdo a menudo aquellos paseos que dábamos juntos en nuestras imaginaciones, en nuestras reflexiones, en nuestros debates, en nuestras hojas A3 en blanco, en nuestros nuevos archivos en el ordenador, sobre esa necesidad que tienes de sentirte protegido pero también de la dificultad, que te explicaba, de hacer comprender que una marca era lo que te daba sentido, una marca que explicara tus verdaderas dimensiones, una marca que mostrara tus virtudes sólidas, diferentes y atractivas para quien te viera. Charlábamos de dotarte de significados para poderte explicar, para que entendieran por qué eres como eres, cuando compartíamos esa idea de mirarte al espejo y decir sin rubor, «sí, soy yo, y qué bien que estoy, claro que sí».

Ay querido logo, que sabes bien los días que hemos tenido que esperar para moldearte a tu gusto, para que te sintieras bien, la de horas, días y semanas que hemos necesitado para verte, para revisarte, para retocarte, para que te sientas bien en un nuevo mundo que debías explorar más adelante. Tú que a veces has visto cuántas variantes te hemos propuesto, que hemos escogido entre tod=s la más adecuada, aquella en la que nos sentíamos por fin reconocibles y dispuestos a presentarnos al mercado con la sorpresa de la novedad pero también con la consistencia de lo bien construido, con nuestro amigo cómplice que es el tiempo, el tiempo que necesitamos para darte la bienvenida, para fijar tu consistencia, para dejarte fluir y para dejar que todo el sistema que hemos diseñado juntos, con quienes te llevas tan bien, puedan acompañarte.

Me decía esta noche «la marca», mientras buscábamos las primeras dosis del sueño, que no entendía semejante batiburrillo de ruido pero que por otro lado se daba cuenta de que en el fondo seguimos teniendo un problema: tenemos que explicarnos mejor. Tenemos todo el sector, todos los protagonistas que formamos parte de este mundo, un reto por delante: explicar mejor de una vez por todas qué somos, qué es la marca, qué es lo que representa, qué es lo que lleva consigo, qué es lo que consigue para que al final, cuando te descubramos a ti, querido logo, el mayor número de personas digan sin pestañear: «¡ah vale, ahora lo veo y ahora lo entiendo!». Sí, sé que estás pensando que vamos tarde y que te duelen las heridas, cada una de esas pequeñas brechas que sangran cada vez que apareces en escena. Entiendo tu dolor pero precisamente por eso tenemos el deber de explicarnos mejor, de contarlo mejor, de comunicarlo mejor. Dejarnos de hablar a nosotros mismos sino hacerlo, por ejemplo, para mi madre Angelines que tiene que entender qué es eso y comprender para qué le va a servir.

Al levantarme hace un rato mientras preparaba el desayuno, he estado charlando un rato con las tipografías, con los colores, justo se había despertado el naming y aparecía en la cocina, ha venido la plataforma de marca que se ha ido a despertar a la arquitectura de marca porque la conversación estaba tomando tintes interesantes. Decía que hablábamos todas, con nuestro café recién hecho, que tenemos que protegerte más que nunca. Fíjate, me decían que tenemos un reto aún más mayúsculo que es el de sentarnos con el «me gusta» y el «no me gusta» para hablar en serio de una vez por todas. Que no pueden andar por ahí campando a sus anchas, que ya vale de soltar sus bravuconadas a voz en grito y quedarse tan tranquilos. No, ya vale. Lo tenemos que hacer de manera sutil, suave pero también firme. Tienen que ser nuestros cómplices y no tienen que ser tan protagonistas de todo esto porque con sus sentencias simplifican de tal manera el trabajo que realizamos cada un= de nosotr=s durante tanto tiempo, que parece que está al alcance de la mano de cualquier persona. Que no digo que no tengan talento, sino que este trabajo conlleva mucho más de lo que parece. La arquitectura de marca estaba muy dolida. Ella que intenta ordenar esos caos que le llegan y que tienen que colocar las piezas en su sitio, con tu ayuda, con tus modulaciones, con tus alternativas que tan bien representas. La plataforma de marca venía a decir que de qué servía darte argumentos para que estuvieras cómoda y encontraras un sentido a tu existencia. La tipografía estaba fatal esta mañana, triste, le daba igual ser mayúscula o minúscula y nosotr=s le decíamos que no, que no daba igual. Y los colores, ni contarte cómo están. Entre morados, negros y rojos de vergüenza.

Querido logo. Me he acordado mucho de gente como Pablo Coppel, pero también de grandes amig=s como Javi Velilla y Olga Llopis, de Josep María Mir, del fallecido Alberto Corazón, de Mario Eskenazi, de mis compañeros y Director=s Creativos y de Arte como Alex Quintana, Carlos Ortíz de Zárate, de David Gotxikoa, de Ainhoa Martínez de Cestafe y Miguel de Andrés, de gente como Patxi Fernández y Marisol Ruiz, de Oscar Bilbao, de Pilar Dominguez, de Máximo Gavete, de José Luis Antúnez, y de cientos y cientos de personas que trabajan cada día para hacer de las marcas un mundo mejor y lograr que tú, querido logo seas más querido y más feliz.

Querido logo, gracias por estar ahí. Quería escribirte esta carta porque quiero que te sientas querido y quiero defenderte, de verdad. Conseguiremos que un día todo este esfuerzo consiga arrancarnos una sonrisa que sea imborrable y memorable para siempre. Como tú.

Se despide tu admirador, Juanjo.

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La foto de inicio es de Flickr, de aldovanzeeland

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Ene 28 2021

Coworking, café, Notion y el compromiso

No era algo que estuviera en mis planes pero tampoco puedo negar que en determinados momentos hasta sonaba bien. Mi nuevo ciclo profesional que comenzó hace ya 11 años se acomodaba entre las mesas situadas al fondo a la izquierda de cualquier biblioteca y las salas de reuniones donde trabajaba junto a mis clientes. En mi casa de aquel entonces, mi portátil, mis ideas, mis cuadernos y mis lápices cambiaban de ubicación sin destino fijo, ahora la cocina, ahora la mesa del salón, ahora el sofá, ahora el escritorio de la habitación de Lucía. Tener una oficina propia, tener mi propio despacho o tener mi estudio era algo que estaba siempre en mis «oraciones» pero no acababa de dar el paso. Como todo en esta vida, partidari=s del sí debatían con partidari=s del no, cada cual esgrimiendo sus ventajas, oportunidades, desventajas y total para qué te vas a meter en líos de mensualidades y gastos, entre otros argumentos.

Pasé los primeros momentos de dicho ciclo habitando en las bibliotecas. Sentía que eran «mi» espacio. Mi etapa joven, en tiempos del bachiller y la universidad, se fue modelando entre estanterías de las bibliotecas repletas de libros, mesas con manteles hechos de papel y cuadernos varios y horas que pasaban y pasaban, estudiando, repasando, escribiendo y leyendo cualquier obra en los momentos que decidía tomarme un descanso. En ocasiones, además, algunos bares se convertían también en ese espacio necesario para seguir con la tarea comenzada un poco antes. Incluso, un paseo hacia otro lado se veía truncado por una idea que surgía y que había que darle forma. Un bar, un café solo sin azúcar, una mesa apartada del bullicio a poder ser cerca de una ventana, portátil y que el tiempo se limitara a dejar hacer sin presión delante. Por aquella costumbre, la rutina, o ambas, me empujaron a continuar con esta manera de dedicarme a mis cosas profesionales en un espacio donde me sentía muy a gusto. Silencio absoluto, mi espacio a poder ser en la misma zona de siempre azotado por la luz natural, música en mis auriculares cuando hiciera falta y yo y mis circunstancias. La biblioteca y mi profesión se enlazaron de forma natural como si no hubiera pasado el tiempo.

Más tarde, de la mano de un cliente, colaborador y amigo al mismo tiempo, se me brindó la posibilidad de formar parte de un nuevo coworking con un acuerdo sellado entre manos, que es como llegamos a asentir nuestro compromiso: «ayúdame con algunos proyectos, aquí tienes las llaves y pensemos en cómo crecer desde aquí». Una mesa y una silla, cerca de una luminosa y amplia ventana y un lugar donde aunque no sintiera la necesidad real de acudir cada día, sí que me venía bien por varias cosas que echaba entonces en falta: una sala amplia de reuniones para trabajar con proyectos, solo o acompañado, para desparramar mis folios A3 pintados a colores y llenos de cuadros y garabatos; las conversaciones siempre enriquecedoras entre quienes estuviéramos allí en ese momento, con mis proyectos, con los suyos o con lo que pudiéramos imaginar en algún caso; un lugar de «escape» laboral en madrugones de fin de semana o domingos a la tarde que son momentos ideales para repensar y rematar ideas, en los últimos rayos de luz del fin de semana de verdad.

Han sido cuatro años fantásticos en este espacio donde comprobé de primera mano que los espacios compartidos tienen mucho más en común que unas infraestructuras comunes y más aún que la diversidad de los proyectos que puedan albergar. Al final, compartir te abre esa puerta a explorar oportunidades que de otra manera sería un tanto complicado. Es como escarbar en un yacimiento de oportunidades tapadas de algún que otro prejuicio, perezas y preguntas inocentes que se esconden. Todo eso, en un coworking, se aprende a resolver y tiene que ver no solo con el espacio, sino con esos tiempos en común que surgen porque sí, informales y no solo formales, que ayudan a generar complicidades, en una mesa con papeles, en una pizarra pintada a colores o en un simple post-it sobre su mesa con un «¿tienes un rato mañana?». Como decía el diseñador Dieter Rams, «solo a través de la colaboración y el diálogo se puede dar forma sana y sabia al mundo».

Confirmamos que la COVID-19 nos trastocaron maneras de trabajar, de manera obligada. Quedarnos en nuestras casas, buscando espacios para poder trabajar, cambiaron nuestros hábitos de trabajo y «aprendimos» más sobre el trabajo individual, sí, a trabajar «solos», y sobre el trabajo colectivo, sí, a compartir de verdad con el resto, a dejarnos de perder el tiempo en reuniones y a aprovechar los tiempos de verdad y organizarnos de otra manera. En mi caso, un nuevo proyecto me obligó a experimentar con una nueva herramienta colaborativa, absolutamente desconocida en aquel momento para mí, y a emplear de manera lo más efectiva posible la unión entre el portátil, la wifi, las llamadas de teléfono, los Meet, Zoom, Skype, Webex, Go To Meeting, Teams, Bluejeans, Vidyo, Facetime, Whatsapp y Whereby se incorporaron en la carpeta de aplicaciones a usar, haciendo de la pantalla una nueva compañera de vida.

Mi amigo y compañero Alex me abrió las puertas a Notion, «y nos dejamos de hilos de mails, ya verás, y todo estará ahí», y con él fue como iniciamos una relación de ésas que convivían al mismo tiempo que hablábamos por teléfono, o por Meet, mientras garabateábamos ideas, junto con el resto del equipo de manera inmediata, síncrona aunque nos separase la obligación de quedarnos en casa. Notion se convirtió en la gran habitación donde pasábamos el día trabajando, al menos cuando teníamos algo que compartir con el resto. Era el espacio que condensaba y situábamos las ideas desarrolladas, de manera individual primero, para compartirlas después y trabajar sobre ellas. Era, o eso me lo parece, un lienzo que va tomando forma a medida que avanzas con él. Como toda herramienta, yo estoy al menos en plena curva de aprendizaje y descubriendo virtudes y virtudes mientras sigo aprendiendo de Alex, de Máximo y de otra gente que parece que utiliza esta herramienta no solo de trabajo remoto sino también como cuaderno individual.

No estaba pensando en este post como un repositorio de mi pasado y mi presente, sino como un punto de partida para pensar qué nos deparará trabajar en el futuro. Cinco maneras de trabajar diferentes en estas tres décadas profesionales que llevo, cada una con sus aprendizajes, sus ventajas y sus puntos de mejora: oficina, biblioteca, cafeterías, coworking y espacio virtual e individual. Leí recientemente a Xavier Marcet que «Ahora ya sabemos que el teletrabajo no es la panacea, aunque tenga sonoros defensores, pero también debemos recordar que la presencialidad no es la única opción. La solución debe estar en una sabia combinación de presencialidad y virtualidad». No me inclino a apostar cuáles serán los entornos de nuestro trabajo en el futuro pero sí que de la misma manera que lo virtual nos está llevando a organizarnos de otra forma, exactamente igual que estamos reconociendo la diferencia entre el trabajo individual y el trabajo colectivo de verdad; de la manera de comprender que el hecho de juntarnos porque sí por el hecho de estar juntos no es productivo, de la misma manera que los espacios y los entornos facilitan nuestra labor creativa porque necesitamos esos momentos y espacios informales para dar rienda suelta a ideas que necesitan transformarse en realidades, digo que parece que también están cambiando estos modos de trabajar, ni a mejor ni a peor, cambiando mientras trabajamos.

Está ocurriendo en nuestras profesiones, llamadas «liberales», de trabajador=s del conocimiento, creativas o como quieras denominarlo. Pero también el mundo educativo sabe que su forma de trabajar cambia, con su alumnado, entre profesores y con colaboradores, donde el espacio y las rutinas son diferentes. Está ocurriendo en aquellas oficinas que hoy en día son espacios vacíos pero que en cambio se están transformando en «puntos de encuentro profesionales» con semejante agilidad y adaptabilidad que es para tener en cuenta. Y está pasando hasta en el ocio para aprovechar cada oportunidad, o cada momento, para ser capaces de adaptarnos a algo completamente diferente.

Trabajo en Notion (estoy bastante entusiasmado, la verdad) pero eso no quita para que siga con mi cuaderno de notas y mis lápices junto a los rotuladores de colores, el rojo para «lo que hay que hacer», el verde para «ideas a desarrollar» y el azul «para aquellos puntos a tener en cuenta». Suelo estar en casa trabajando pero sigo yendo, cuando se dan las circunstancias, a salas de reuniones de clientes, sigo acudiendo a bibliotecas y cuando lo necesito activo una videoconferencia para compartir «neuras», dudas o simplemente contrastes a algo que estoy preparando. Y si no, un café es una buena excusa para sentarte con alguien con quien quieres conversar sobre algo y «aprender de esa conversación». Quizá esta última sea la que más hemos de valorar, sabiendo que tenemos compromisos que cumplir no importa dónde ni de qué manera.

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La foto de inicio es de Pixabay, de dBreen

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Dic 31 2020

Más SER; adiós 2020, hola 2021

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Me gusta tomar café solo, dejar que se enfríe a su ritmo, como queriendo contagiarme de su tempo, sin prisas, invitando a que las palabras surjan cuando les dé la gana, de la misma manera que decido el momento de dar el primer sorbo. Son momentos de respeto mutuo diría yo, donde a veces interfiere el sobre de azúcar que acompaña al plato que sostiene la taza. «El buen café no necesita azúcar y el malo no se la merece» me enseñó un buen amigo mío y comprendí en esa frase el sentido de muchas cosas que suceden en nuestra vida. El sobre está ahí pero a veces se echa sin necesidad, algunas por mera costumbre, otras porque total ya que está, y las menos lo dejas donde está, en su sitio, si es que ése debe ser el suyo. De vez en cuando le da por iniciar la conversación con una de esas frases que lleva incrustada que apenas caben en unos pocos centímetros, los suficientes para decidir si le sigues la corriente.

El año que cumplí cincuenta años llegó con un propósito firme, VOLVER, como queriendo retomar una conversación pendiente o regresar a esa página del cuaderno de mi vida que empecé a trazar y lo dejé para otro día. Tenía sentido, los ciclos vitales se manifiestan especialmente en momentos redondos como homenajeándolos, y cuando entras en una nueva decena, parece que tienes que repasar los puntos importantes que aparecen en los índices de tu vida, para saber bien qué sí o qué no o simplemente ahora qué. Mirar atrás sigue siendo un ejercicio de los que merece la pena dedicarle cierta atención, recomendable con un café recién hecho sobre la mesa, haciendo de intermediario entre el repaso que das y las ideas que van surgiendo durante ese momento. A esas conexiones le llaman sinapsis y se producen cuando menos te lo imaginas, y derivan en acciones, ideas, encuentros, palabras, llamadas, gestos, silencios, abrazos. Silencios. Abrazos.

No quisiera darle mucho protagonismo a la #Covid19 en estas líneas; se ha escrito tanto que uno siente el peso de la infoxicación sobre este tema desde hace unos meses. No quiero alejarme de la prudencia, de la preocupación por nuestr=s mayores; me conecta básicamente con reconocer que todo empieza en la responsabilidad de un= mism=, al mismo tiempo que veo posiciones de muchas personas que se han manifestado de tal manera ante este tema que no vislumbro claridad en los escenarios futuros, en muchos ámbitos. Probablemente sea lo que más estoy aprendiendo en todo este tiempo. Esa gente.

Tomo un nuevo sorbo de café al mismo tiempo que se dibuja ese gesto de quien mira al frente dejando que la vista se pierda, precisamente, hasta un café compartido que me transportó a mediados de los 90, cuando la profesión y el oficio de la publicidad estaba en mis inicios profesionales. Ese cosquilleo de los nervios del principiante, de sueños por cumplir en cada frase «tenemos un brief», de sentir que la publicidad era una mezcla de arte, emociones, racionalidad, argumentos y rienda suelta. Este cosquilleo llegó este año, quizá provocado por las casualidades tras sentir maravillosas sensaciones en ese lugar que debería ser de peregrinaje obligado que es el Centro de Documentación Publicitaria, meses atrás. Este café más actual iluminó ilusiones renovadas, a propuestas con el sí y el acuerdo de entrada sin saber más detalles, a VOLVER A CONECTAR, a renovar creencias y principios, a descubrir nuevos equipos compuestos por nuevas personas, a conocer otras maneras de pensar, a adaptarte a nuevas circunstancias y sobre todo a dar lo mejor de uno mismo, precisamente porque ése fue el motivo de este café inolvidable. Todo un año con un proyecto en ciernes donde redescubrí como los posos de un buen café, que las buenas cosas se cocinan con calma, con muchísimas conversaciones y sobre todo con una extraordinaria capacidad de escucha mutua que cuando te quedas a solas quieres recuperarla por cualquier rincón de tu casa, como si te hablaran las paredes, como si cualquier objeto te expusiera una nueva idea que aparecía en escena.

Me pongo un segundo café para seguir con esta complicidad que estamos construyendo con este fruto en forma de deliciosa bebida y descubro que son esos matices los que hacen que las cosas, las ideas, las personas, los sentimientos, los motivos, las dudas, preguntas, las frases, las soluciones y los por qués, se conviertan en nuevos modos de acción. Matices es acción, de la misma manera que no dar nada por supuesto y desenmascarar primeras impresiones para poder profundizar en la búsqueda de esos mínimos detalles que lo son todo. Nos hemos obligado a adaptarnos sin preguntar por qué, y es donde hemos tratado que esos matices que pasábamos por alto, tengan ahora su protagonismo real. Conversaciones más frecuentes, pantallas mediante; recuperar llamadas, recuperar aquel libro que empezaste pero lo dejaste de lado, o simplemente hacer que tus manos recobren una nueva vida ya que los abrazos y el roce se vieron castigados al rincón, y descubran escribir de puño y letra o simplemente mancharte de pintura, de harina o cualquier otra materia. Reconocer la caricia, el abrazo, las palabras no dichas, las sonrisas al darte la vuelta, etc. La suficiente para darte cuenta de que hay cosas que merece la pena sentir para entender mejor la vida propia y sobre todo las ajenas, en especial, aquellas que te importan de verdad y no te diste cuenta. Este nuevo sorbo de este segundo café tiene aún un sabor más profundo.

Dejo la taza de café fuera del plato para obligarla a decidir si quiere salir de su espacio impuesto y vivir otras sensaciones. Lo hago porque en estos momentos que cierran un año sin un calificativo claro, aunque los demonios nos lleven a ello, prefiero pensar en lo que está por venir. Escuché en una maravilla de canción por mi mes de febrero eso de «Los recuerdos no saben regresar porque mi memoria los quiere apagar…» porque quisiera que los recuerdos nos lleguen precisamente para actuar en lo que está por venir. Nos han demostrado que los planes en realidad son efímeros, que mirar muchísimo más allá quizá nos produzca esa mezcla de ilusión y de frustración, y que hemos de saber convivir de una vez con lo que tenemos aquí y ahora, con eso que tenemos que ya es mucho aunque nos sepa a poco.

Así que a 2021 le quiero únicamente pedir que nos permita SER, que nos permita SENTIR, porque solamente de esta manera reconoceremos lo que podemos aportar para el resto. Y este SER-SENTIR nos debe obligar a dar lo mejor que tengamos en cada momento. Solo de esta manera podremos ser un poco mejores que ayer, un poco mejores profesionales y un poco mejores personas, que quizá es lo que necesitemos más como sociedad.

No queda nada ya en mi taza de café. No es momento de pedir otra, lo dejo para poder compartir un café contigo que estás en estas líneas, cuando desees. Solo hay que hacer «toc, toc». He descubierto que lo mejor del café no es su sabor, ni su olor, ni su color, ni su toque adecuado de acidez dulce; lo mejor del café son las conversaciones que se producen con él como excusa perfecta. Si al 2021 tuviera que pedirle algo sería que me permitiera seguir recuperando esos momentos y compartirlos. Hemos aprendido tanto de compartir en el 2020 que el camino está abierto, abonado, sembrado y solo queda que lo cuidemos más aún.

Gracias por estar ahí.

Gracias por cada segundo que pasáis entre estas líneas del blog. 

Gracias por SER. 

Gracias.

Sed felices.

¡FELIZ 2021!

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La foto de inicio es de Pixabay, de IsraelBest

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Dic 09 2020

Las fronteras de la marca personal

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Deberíamos reinterpretar el término tiempos revueltos y dirigirlo hacia aquellos momentos en los que se desordenan nuestros principios, entre lo que soy, lo que parece que soy y lo que quisiera ser. En esta marejada hemos navegado recientemente al impartir un curso sobre «La importancia de la marca personal: el marketing digital en el sector del turismo». Durante su preparación comprobamos lo difusas que son estas fronteras al diseñar los contenidos, tratar de explicarlos y reflexionar, durante y después, sobre ellos, que dan para someterlos a las opiniones y comentarios por estos lares. Les ruego que tomen este espacio como lugar de encuentro de sus opiniones sobre estas fronteras personales-profesionales.

En este mundo digital y tan conectado como el que vivimos, síncrono, multiplataforma y multidispositivo, la proyección de nuestra imagen personal ha pasado de ser una manera de expresar nuestras opiniones (como cuando nació la web 2.0.) a un desparrame de exposición pública en un puñado cada vez más creciente de plataformas y redes sociales. Lo que nació para dar un punto de vista desde el «otro lado», tan enriquecedor entonces para las marcas y para cada persona, se ha convertido en una desenfrenada carrera por conseguir captar la atención de los algoritmos como simple y único objetivo y fin en sí mismo. No preocupa ya la mera expresión u opinión personal sobre «algo-alguien» para lograr la asociación de una idea, de un concepto, de un atributo en una persona, como «no perder tu silla» en un escenario cada vez más repleto de personas, marcas, trolls, algoritmos disparatados e intromisiones publicitarias digitales. Una locura aderezada además con un cada vez más alocado deseo de convertirse en eso que parece ser el sueño profesional de muchas personas: «ser influencer«. Éste fue mi primer objetivo en esta charla: «No hablaremos de influencers«.

En este panorama entran en escena otros aspectos que corren el riesgo de confundir el espacio personal-profesional para convertirse en personajes, en una especie de caricatura de eso que se llama «marca personal», y sinceramente donde también sobreactúan determinadas ¿marcas personales?. El «buen rollismo», la «sonrisa permanente» fijada con laca y una realidad edulcorada con selfies, #hastags, poses, cascos con micro y hasta frases dignas de ser pasto de estanterías de libros en los Duty Free de muchos aeropuertos, hacen que la realidad actual de las marcas personales se estén convirtiendo en una acumulación de ruido que viene de demasiadas partes en vez de construir personalidades firmes con interés y con capacidad de interacción y conversación. Algo por lo que realmente merezca la pena prestar atención.

Les propongo hacer un ejercicio: observen con detenimiento su propio timeline en cualquier red social y hagamos algunas preguntas: ¿es interesante todo lo que estoy compartiendo? ¿merece la pena … y por qué? ¿le está aportando algo de utilidad? ¿qué crees qué está ganando la comunidad construida, y por construir, con estas aportaciones? ¿…?

¿Por qué una persona o una marca debería «seguir» mi «marca personal»? sería la gran pregunta que deberíamos hacernos cada mañana al levantarnos. Al respondernos, encontraríamos algunos argumentos y respuestas que en algún caso confirmarían nuestra actividad y, puede que incluso, evitaríamos algunas respuestas que nos sonrojarían, cuando menos. Es más que necesaria, imprescindible. De ella dependerá efectivamente si estamos o no gestionando nuestra propia marca.

Malgastamos la palabra «marca» asociada a «lo personal», porque una marca es aquello que percibe e interpreta una persona cuanto tiene una interacción con la misma. Una marca es esa idea que [nos] conecta y nos dirige a la acción. En realidad, de todo lo que vemos cada día en muchas redes lo que se está consiguiendo es «manchar» marcas con algo que no va más allá y que sube a esos peldaños repletos de otras marcas insulsas que pasan de largo sin capturar ni atención ni interés. Es información, que no comunicación, que no consigue sino convertirse en un monólogo en un entorno o equivocado o con demasiado ruido en una misma dirección sin capacidad de distinción. Al hablar de gestión de marca lo que nos referimos es a construir y generar contenidos hacia las percepciones a conseguir y sobre todo en lograr comprender mejor el entorno al cual te quieres orientar. Sea una marca comercial, una marca B2B, una marca territorio, una marca educativa, una marca personal, el objetivo es saber qué posición tomas al respecto de ese entorno y cómo aportas valor en el mismo para generar atención y sobre todo para capturar el interés, constante, de valor, de conversaciones presentes y futuras.

No sé si es porque se ha unido, demasiado para mí, la «marca personal» con el mundo digital, si es porque nos confunden las herramientas, si es por la vorágine del «hay que estar o se olvidan» o del ser de l=s primer=s en abrazar cualquier novedad que salga, sea cual sea, lo que hace que este término adquiera algunos sentidos que están deformando este concepto. Me gustaba la idea de «Identidad Digital» pero se me quedaba pequeña al relacionarla con la «Marca personal». Me sigue «chirriando» esa parte que tiene que ver con delimitar la frontera entre lo personal y lo profesional, cuando en realidad habría que matizarlo sobre «lo privado» y «lo público» en una matriz aún más completa. Me importa más trabajar sobre nuestro propio relato, sobre aquellas partes de nuestra historia que nos hicieron llegar hasta donde nos encontramos hoy y que probablemente sean el camino a emprender para el próximo futuro. Me interesan aquellos pilares de nuestra marca personal que tienen que ver con valores asociadas sobre los que construimos nuestro día a día y también aquellas palabras que no queremos que sean protagonistas en ser asociad=s por terceras personas. Y sobre todo me interesa mucho más que se profundice en cuál es nuestra personalidad, nuestro «tono», nuestro estilo, ese mismo que hace ponernos cada mañana la ropa adecuada para ir a trabajar, para dar un paseo o simplemente para demostrarnos a nosotr=s mism=s quiénes somos, o en ese tono de voz que mostramos en los momentos de verdad, que son los que nos definen en última instancia.

Después de estos días que han pasado desde aquellas sesiones (muchas gracias a Susana, Ane, Aitor, Jean Jacques, Mauricio, Bamou y Txaro) he tratado de responderme a estas cuestiones a nivel personal-profesional. Y hay preguntas con respuestas y surgen otras nuevas que cabalgan en busca de respuestas. Miré mi timeline, en algún caso me sonrojé, otros me reafirmaron y algunos he incorporado como tarea frecuente en el tiempo. Tengo claro además que el tono de marca será siempre mi mayor fuente de preocupación y desempeño. Encontrar el adecuado en cada contenido pero sobre todo en cada interacción y en cada conversación que mantengo. Me veo lejos de estar pendiente en todo momento de lo que sucede en cada minuto en nuestros entornos, digitales especialmente. Hay vida más allá de la pantalla de un móvil o de un portátil, y esto de la marca personal nos consume en estos espacios digitales. Y sobre todo tengo claro cuál es el entorno deseado, ése en el que adquieres el compromiso de co_construir junto al resto, a su lado y sin dotes protagonistas ni poses estéticas. Quiero entender, lo comprobaremos en unos meses, que sé dónde se encuentran estas fronteras, a pesar de ser difusas en muchos momentos, pero que espero me ayuden a trazar una línea coherente entre lo que soy, lo que parece que soy y lo que me gustaría ser. Espero que sea así, si no, avisadme por favor.

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La foto de inicio es de Flickr, de JR_Paris

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Nov 12 2020

Tanto por agradecer

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Javier, Ángel; Ángel, Javier. Debería haberos presentado. Os hubierais llevado bien seguro. No por ser esa posible llave que abriera semejante puerta de la amistad entre vosotros sino porque estoy seguro que lo hubiéramos pasado realmente muy bien los tres. Charlando de la vida, de la vida de cada uno, tan diferentes. Aprendiendo el uno del otro, como la educación de verdad, la que debe ser, en la que claro que adquieres conocimientos pero sobre todo aprendes actitudes hacia y para la vida. Y desaprendes otras. Con un café, nada de carajillo Juanjo, como me decías Javier, que saben mejor separados que junto, o con algo para comer, que en compañía siempre sabe mejor, ¿era así verdad Ángel?.

Javier se debería apellidar Calle Viva. Yo no sabía su apellido; en muchos momentos el nombre de pila dice más, dice todo, bastante más que el apellido. Era Javier, ni siquiera Javi. El resto no importaba porque Javier significaba vivir al día, tratar con respeto, hacer de la conformidad un pequeño triunfo y saber que si quieres que te traten bien basta tan solo con tratar bien y con respeto a los demás. Sencillo. Para Javier, sí. Para nosotr=s una lección.

«Sentirse libre» era uno de los títulos que encabezaban las conversaciones a pie de calle, con los primeros rayos de sol de la mañana que se pelean a desquitarse del jodido frío de Vitoria-Gasteiz que es perezoso hasta decir basta. Después de recoger, plegar y guardar el saco de dormir que compramos juntos, que con ese me vale y me sobra, el camino al café con leche, un trozo de tortilla y una copa de coñac se recorría entre la banal y tópica conversación de las mañanas con el ¿sabes lo que es decir hoy duermo aquí? ¿sabes lo que es poder decidirlo?. Eso es ser libre.

Los relojes no deberían de existir porque no saben discernir cómo pasa el tiempo de verdad. Bendita contradicción esa de que el café se sirva caliente para el primer sorbo que suba la temperatura de tu frío interior mañanero pero dejas que se enfríe porque el último sorbo es el más rico, qué más da si está frío o no. Entre medias no había planes, ni ahora voy a, ni hoy’s que valgan. Solo ahoras, o acaso hacer lo que pensaste hace un rato, total tengo el día entero para mí. ¿Habrá que mirar el disfraz de Papa Noel? Porque el del año pasado estaba ya demasiado descolorido por el efecto de la humedad de algunas noches donde sirvió de manta extra en el suelo del parque de La Florida. La campana todavía la tengo en el carro. Y los caramelos para los más peques, tenemos que ir a la tienda de todos los años a por ellos. Caramelos, sí, para los críos que en Navidad lo necesitan tanto, como mi nieta, que tengo muchas ganas de ir a verla y solo pensarlo me da la fuerza para caminar aunque esta maldita espalda y esta pierna, mira cómo la tengo, no me deje andar como quisiera.

Ángel deberías saber además que a Javier, como a mucha otra gente, había que mandarle para casa. Quien dice casa dice donde le diera la gana, porque su casa era la calle y sobre todo la gente que se paraba a hablar con él, que le pagaba otro café o una caña, o simplemente le daba dinero para lo que necesites pero no te lo gastes todo en el bar, Javier, que no te conviene. Pagaba de su bolsillo sus cosas, lógicamente si le invitabas te lo agradecía, pero levantaba con firmeza su dedo curtido por el frío para decirte, no, esto lo pago yo, cuando alguien le miraba con la distancia de la forzada compasión que a veces es irreal y no sincera, como debería ser.

Recuerdo muy bien cuando me decías Ángel, que a veces hacías el esfuerzo de ponerte en el lugar de la gente pero es que por mucho intentarlo ni siquiera había un espacio que ocupar, porque son incapaces de mirar más allá. A Ángel la inquietud era lo que le mantenía con vida, o mejor dicho, era lo que le daba la vida. Las preguntas eran sus complementos que llevaba con él vestidos cada mañana. Pero sobre todo buscaba las respuestas, entre las decenas de libros que tenía sobre su mesa, o el que siempre llevaba consigo. Lee este Juanjo, te va a gustar, con papel y lápiz al lado que siempre viene mejor apuntar las cosas. Porque al final si no encontraba las respuestas, las trataba de dibujar en su cuaderno, en sus folios, y de ese bosquejo lleno de garabatos, cuadros, círculos y flechas que conectaban palabras, era cuando más feliz se sentía al descubrir una nueva respuesta a sus malditas preguntas.

Tú eres el que sabes de esto así que dímelo con claridad y si te pregunto no es por cuestionarte sino para entenderlo yo mejor. Incluso en aquel día, recuerdas Angel, que zanjamos una relación profesional porque en vez de estar cerca nos estamos alejando de lo que quiere el uno del otro, y antes de que nos afecte en lo personal lo mejor es que lo dejemos aquí. Por una vez coincidimos los dos en algo, mucho después nos poníamos de acuerdo más veces y con más frecuencia, pero aquella vez fue única. Porque más allá de tu carácter, joder cómo te ponías a veces Ángel, me hiciste descubrir el valor de la palabra firmeza en la con semejante elegancia, sin aspavientos pero necesaria. Mi vuelta a la oficina en aquel momento apenas duró 10 minutos, los que necesitaste para enviarme un correo electrónico dándome las gracias por el esfuerzo, por las horas empleadas, por aguantar tus chillidos pero sobre todo por aquel cuadro estratégico dibujado a toda velocidad, que te dio tiempo a escanearlo y adjuntármelo, y su correspondiente explicación en unas 20 líneas, creo recordar, dándome las claves para que esto jamás te vuelva a pasar con un cliente y para que mejores en tu trabajo profesional y en el desarrollo de tu empresa. Ahí fue cuando conocí al Ángel de verdad, que luego fuimos construyendo con más y más pilares paseando entre los árboles de Urkiola o en las llamadas por teléfono, risa en ristre.

Tengo, Javier, en casa los libros de Ángel. Sí majo, escribía libros. Muy buenos además. Ángel me decía que el conocimiento solo existe si se comparte, por eso su manera de demostrar que lo tenía a raudales, era demostrándolo con hechos. Escribiendo y ayudando a otros a hacer. Se hace así, era de los del ejemplo de la vida, como tú Javier, que sabías más de la vida porque estabas donde la vida está, en la calle, en las personas, en las relaciones, en las sonrisas, en los silencios de escuchar al resto y en la contundencia de vuestras frases cuando hablabais, donde no cabía otra cosa que quedarnos callados para escucharos con atención. Cada uno a su manera fuisteis un ejemplo. Cada uno tan diferente que en el fondo erais tan iguales. Cada uno con esta sonrisa de la amistad que abre un surco por el que se dejan caer estas lágrimas por no poder estar nunca más junto a vosotros. Espero que el recuerdo se porte y estéis por aquí cerca cuando os necesite, como cuando te buscaba por el Paseo de la Senda, Javier, para irnos a tomar un café juntos o como cuando te llamaba por teléfono Ángel, porque no sé muy bien por dónde tirar y me decías, saca lápiz y papel Juanjo que esto lo arreglamos rápido. Eso sí, Javier, Ángel, Ángel, Javier, puedo confirmaros que pienso sentarme en tu banco de La Florida de siempre Javier, a leer esos nuevos y ñoños poemas que te comenté Ángel, y así dejar de pensar en aquella maldita teoría del caos que tantas conversaciones nos permitía y que ahora sí que la voy a necesitar para comprenderla del todo. Os lo prometo.

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La foto de inicio es de mi amigo Pixelillo. La foto de en medio es de Angel en plenitud.

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Sep 22 2020

La identidad proyectada de las marcas

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Empleamos palabras que poniendo unas enfrente de otras parece que son opuestas, contradictorias o que no guardan relación. [1] Hablamos de «Identidad» como aquello innegociable, esencial y propio de algo/alguien, estático. La identidad es algo que nos define, nos marca, nos posiciona y nos diferencia. Ser COMO somos, ser lo QUE somos. [2] «Proyectar» tiene que ver con algo dinámico, en movimiento, algo que se dirige hacia delante, algo que traza un camino a recorrer para obtener una representación. Proyectar es acción.

Si las ponemos en relación, identidad y proyectar, puede que se vea cierto enfrentamiento aunque en realidad deberíamos reparar en su facultad de complementariedad. Su vínculo nos ayudaría a comprender si hablamos de marcas, que la búsqueda de relaciones nos ofrece un resultado consistente en el presente y especialmente con visión de futuro. Una «identidad proyectada» o «proyectar la identidad» es una decisión que las marcas deberían abordar para que las relaciones entre las personas y cada marca sean sólidas, sostenibles y sobre todo que generen confianza y lealtad a lo largo del tiempo. Tres ideas me surgen en torno a esta relación entre identidad y proyectar. 

[1] “Los Ángeles desafía la idea de una identidad única» es una frase llena de intenciones dentro de la nueva propuesta de identidad visual de Los Ángeles 2028, ciudad que acogerá los Juegos Olímpicos de 2028. A 8 años aún de que se celebren (a saber qué pasará con Tokyo 2021 y París 2024), Los Ángeles’28  (LA28) quiere mostrar las «infinitas posibilidades» que ofrece una ciudad, auténtico reclamo global, que quiere hacer de su espíritu de hoy, pero sobre todo del espíritu que quiere construir, una ciudad donde la creatividad, la diversidad, la autoexpresión y la inclusión sean sus principales vectores. Diferentes voces, diferentes expresiones que caben dentro de una ciudad, al menos en Los Ángeles. Dentro de su arriesgado estilo visual, ya que según los creadores «no hay una sola manera de representar a LA», la apuesta por hacer de la identidad algo que se vaya desarrollando de aquí en adelante augura una apuesta por las marcas que no viven de su pasado sino que desde él emprenden un camino que pueda ayudar a su transformación a lo largo del tiempo. Más allá de los propios Juegos Olímpicos y Paralímpicos, Los Ángeles está buscando, desde hace unos años ya, emprender un cambio y fijar una imagen de ciudad más avanzada de aquella que celebró sus Olimpiadas en el siglo pasado (parece mentira) y una ciudad que quiere ser más allá que sol, playas, los Lakers, Silicon Valley y los Beach Boys californianos.

[2] «Proyectar una identidad» tiene que ver efectivamente con esos componentes de excelencia que toda organización ha de tener, que lo hacen no solo diferente sino más competitivo y sostenible en el tiempo y con una clara consecuencia: fomentar el sentimiento de pertenencia y lealtad a la marca, desde dentro y hacia fuera. De ahí que las identidades no han de mirar únicamente a aquello que permanece desde su historia como tal sino con qué significados propios podemos trazar un nuevo camino en el futuro que les seguir siendo vigentes. Una muestra es el mundo del deporte: los clubs deportivos, algunos con muchos años de historia sobre ellos, que miran a su futuro con cierta atención a su pasado. Uno no sabe muy bien qué grado de conocimiento de la historia está presente para ser considerado como tal y segundo, hasta qué punto todo ese bagaje ayuda a trazar un camino futuro, más allá de que haya construido sobre ese bagaje una cultura organizacional y una cultura en sus seguidores-simpatizantes-aficionad=s que mantenga las bases y las haga especialmente atractivas. Entendamos «cultura» como una manera de comportarse, como esos «cómo’s» actúan y se convierten en respuestas sólidas a sus preguntas, a sus por qué’s, a sus «por qué tengo que seguir vinculado contigo». Grandes organizaciones deportivas se convierten, trabajando de manera estratégica y no táctica, en marcas sólidas, competitivas y de futuro si trabajan sobre estos «componentes de excelencia». Todo lo que no sea así entra dentro de la capa de la moda, de «lo que se lleva», de los cambios estéticos más relacionados con la estetización del mundo, con la epidermis de disfraces llenos de signos y juegos visuales y poco más. Hemos comprobado grandes ejemplos como el Manchester City, el Sevilla FC, en el Basket Zaragoza, en la Juventus. Otros, en cambio, se sitúan precisamente al otro lado, amparados en esos «le hemos dado muchas vueltas», en buscar una «oportunidad» como el Santo Grial del marketing más alejado del mundo de las marcas potentes. Aquel «aquí nos conocemos todos» oído en alguna presentación demuestra de nuevo que proyectar una identidad ha de fijarse sobre una serie de principios y de atributos sólidos y no en hacerlo en meros componentes estéticos que provocan demasiado ruido y poco recorrido y lo que es peor, menos relevancia en un sector que precisamente necesita de ello.

[3] Una identidad va más allá de la representación visual y verbal de una marca. Como intangible que es, la marca, poner todo el peso en lo tangible, la representación, corre el riesgo de asumir un protagonismo que en realidad no le merece tanto, porque acaba perdiendo la naturaleza real de la marca: provocar una percepción positiva ligada a una asociación buscada y relevante que motive a la acción. Una marca como tal ayuda a conectar una propuesta con una necesidad y una expectativa. El resto, si se toma como tal, simplemente es rodearse de juegos estéticos que adquieren demasiadas veces, demasiada importancia. El poder seductor de las marcas se encuentra en el territorio de sus significados que se convierten en relevantes y no en ese simple, banal y débil «me gusta/no me gusta». Por supuesto, un gran naming, una gran identidad visual, un gran estilo y tono de marca facilita muchísimo el trabajo de los significados de marca como tal, pero no han de ser su único leit motiv. Scalpers sabe de ello. Una de sus últimas colecciones «No logo, no drama» expresa una renovada posición de marca que precisamente, su identidad visual, su icono de marca puede provocar una reacción negativa a la realidad que estamos viviendo. Esconderlo no es la solución sino precisamente el vínculo para seguir trabajando en su propio territorio. A Google le preocupa lo que puede hacer su marca en relación al cambio climático y su objetivo de eliminar su huella de carbono neta. Su propósito, más allá de muchas consideraciones que existen y buscarás, es loable, lleno de lógica y de visión estratégica. Su marca, líquida, adaptable visualmente, actual, adquiere un nuevo espacio simbólico. Lo importante es que este simbolismo, este nuevo recurso visual, se carga y recarga de significados que permitirán recorrer su trayectoria de marca sin la atadura del color del logo en sí, de sus colores y del resto de soportes visuales que desarrolle. Para tangibilizar algo es preciso tener claras las bases y los principios intangibles, que una vez representados visualmente, siguen cargándose de significados relevantes para sus personas. Esto aleja al «me gusta/no me gusta» de forma considerable.

Sobre mi mesa tengo varios proyectos que precisamente hacen de la identidad su principal eje. En cada reunión, en cada charla, recalcamos la importancia de no desmerecer el pasado, de no ocultarlo sino de comenzar a escribir un nuevo capítulo de la historia de su marca con esos ingredientes, que permitan vislumbrar un mejor futuro, un futuro más sostenible. Queremos proyectar la identidad. Queremos hacer de la identidad algo nuevamente relevante. Pero identidad no es pasado. Identidad ha de ser futuro. Y para ello el trabajo será de nuevo encontrar esa excelencia que la haga atractiva a los ojos de hoy y de mañana.

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La foto de inicio es de Flickr, de Elaine

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Sep 03 2020

#redca11: Explorar las oportunidades

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Quisiera recuperar la confianza en la palabra “oportunidad”. 26 semanas después, lo que viene a ser 6 meses, y tras formar parte de este capítulo que se está escribiendo sobre esta pandemia del siglo XXI, palabra que solo aparecía en los libros de la historia pasada pero no del presente, hablar de oportunidad me produce un esfuerzo que aún no ha encontrado recompensa. Tuve, y tengo, la fortuna de continuar con mi actividad profesional en estas semanas, pero lo que no hace tanto me parecía una palabra que debía ocupar un lugar privilegiado en nuestro listado de intenciones de obligado cumplimento, oportunidad, ahora me cuesta mantenerla en ese espacio que movilice nuestro comportamiento. Oportunidad se enfrenta a realidad en una contienda que tiene como objetivo lograr ese equilibrio esperado y deseado que nos ayude a afrontar un mañana que no sabemos cuáles es, donde ir más allá es zambullirte en un mar de dudas y mirar alrededor tampoco ayuda a navegar con la suficiente tranquilidad.

No obstante oportunidad ocupó un lugar de privilegio en el pasado encuentro de nuestra Red de Consultoría Artesana #REDCA celebrado a mediados de julio, el undécimo ya, y como viene siendo costumbre tras las últimas ediciones, supuso un soplo feroz de energía, ilusión, profundidad, realidad y futuro, mucho futuro. Abrió unas sendas aún inexploradas, al menos para mí, que aclararon más el compromiso y la acción a posteriori. #REDCA10 superó el listón de aquellas mis expectativas, allá a finales del mes de febrero y poco antes de la aparición de forma abrupta y sin pedir permiso del COVID-19. Este #REDCA11 abre puertas interesantes en un entorno gris.

Tuvimos la obligatoriedad en estos meses de reconvertir nuestras casas en verdaderos hogares con todo lo que eso supone, y orientar esas miradas a un punto fijo perdido en el horizonte invitando a la reflexión, a las preguntas sin respuesta y a interrogantes de difícil comprensión. Una vez más, #REDCA apareció como el mago de la lámpara maravillosa y se convirtió en un punto de encuentro especial y diferente, a lo conocido hasta entonces. Celebramos una nueva edición, virtual por obligación y estimulante por necesidad. Una llamada a la que acudimos a nuestras pantallas digitales como quien abre su puerta a un regalo inesperado porque sí. Ahí estuvo la red, ahí estuvimos y de ahí surgieron de nuevo aspectos que vienen a corroborar que juntos puedes llegar, siempre, mucho más lejos.

«De estas situaciones, indaguemos en las oportunidades» fue la llamada interna. Durante aquellas semanas manteníamos nuestro contacto personal por cómo iban las cosas por casa y al unísono nos propusimos volver a encontrarnos para compartir nuestras realidades personales y profesionales en estos nuevos tiempos, extraños, llenos de interrogantes pero donde somos conscientes que las respuestas en esta red amortiguan en casi todas las ocasiones las dudas, los miedos, las ilusiones pero sobre todo las conversaciones y los ánimos recíprocos.

Si en #REDCA10 las raíces fueron nuestro principal tema de conversación, en #REDCA11 las oportunidades emergieron como llamada a la acción. Personalmente, y así lo expuse, me resultaba chocante precisamente eso, hablar de oportunidades. Porque, y me ciño a aquel momento, era una de esas palabras que con más frecuencia leíamos y escuchábamos: es el momento de las oportunidades. Había que buscarlas, prepararlas, intuirlas, provocarlas, forzarlas… Digo me chocaba porque si por un lado era cierto que había que reafirmarse y activarse en su búsqueda, la realidad maniataba la acción: «No me cogen el teléfono», «me dicen que no es el momento», «habrá que esperar a ver qué pasa», «sí, pero no sé», eran otras frases que acompañaban a este izar de la bandera de la oportunidad.

Este verano, raro y extraño como nunca, ha resituado algunas cosas en la cabeza, en el cuaderno de apuntes y en el mapa mental de las ideas a poner en marcha. Quizá por eso haya tardado tanto en este post que tenía que haber salido antes. De nuevo digerir lo hablado y orientarlo hacia lo profesional, y lo personal, requería de reposo para tener claro los focos a alumbrar. Como aquel final de febrero tras el encuentro tuvo sus repercusiones casi inmediatas, ahora comenzando un nuevo curso necesito compartir algunas de aquellas reflexiones adaptadas a nuestra realidad.

Tenéis, como siempre, un detallado resumen en el post que Julen Iturbe escribió en su momento. Temas internos de #REDCA que emergieron de nuevo y con nuevas vías de trabajo que sobre todo nos ofrece la realidad digital (ha tenido que venir una pandemia para aprovechar de verdad lo que lo digital aportaba, y eso que forma parte de la identidad de la consultoría artesana): Compromiso, participación, internacionalización, talleres, puestas en común, comunidad de práctica. Pero además de ello, me gustaría incidir en un par de aspectos que resonaron para mí con especial fuerza:

  • Acompañar & Explorar: La labor de la consultoría sigue en permanente cuestión. Somos ese colectivo que estamos ahí y facilitamos la actividad diaria de quien nos contrata. Quizá nos hayamos acomodado en la tranquilidad del estar ahí precisamente en una actividad en la que no debemos asentir con asiduidad sino más bien en provocar la acción para el cambio, que quizá sea uno de nuestros principales cometidos de nuestro trabajo. Así que acompañar se ha precisamente «acompañar» de la palabra explorar, es decir, de llegar a eso que se llama CAMBIAR, modificar, amplificar, reconstruir, estimular, innovar, hacer de nuevo. Estos tiempos recientes precisamente si algo evidencian es que «se está yendo a lugares donde ya estábamos antes pero ahora mismo, no funcionan», llegamos a comentar. Explorar, esperar para cambiar, transformar son verbos (y como tal acción) que deben sumarse sí o sí en nuestra tarea de acompañamiento como consultor. El acompañamiento no ha de ser reflejo de la comodidad del «hacer bien lo que sabes» sino de ayudar a explorar nuevos campos con el riesgo que supone pero con la visión de quien ha de indagar en nuevos campos para seguir siendo como se quiere ser. 
  • Transformar para continuar: «Nadie vuelve al mismo sitio siendo el/la mismo/a de antes», surgió en el debate. Nadie. Deberíamos volver a nuestros orígenes y pensar de nuevo en Heráclito y sus famosas frases de «Nada es permanente salvo el cambio» y aquel «Nadie se baña en el río dos veces porque todo cambia en el río y en el que se baña» o ese de «Los buscadores de oro cavan mucho y hallan poco». De nuevo la palabra CAMBIO aparece en nuestro lenguaje como piedra clave sobre la que reconstruir esta realidad, reconstruir las organizaciones. Desde una visión humana y honesta, CAMBIAR tiene mucho que ver con actitudes que son más personales que organizacionales y probablemente nuestra mayor labor sea la de convertir el CAMBIO no solo en un anhelo de «alguien» sino de «alguienES», de un colectivo, de una organización alineada en esta actitud de transformación. La realidad de estas semanas vuelve a evidenciar y demostrar, que quien no ha tenido previamente esta actitud hacia el cambio y hacia la transformación, ha tenido problemas graves de adaptación real. La acción no vale solo en sí misma sino en especial como factor transformador. Son precisamente estas actitudes hacia la transformación las que propician que nuestros proyectos se conviertan en algo que realmente deje huella, desde una óptica personal («proyectos de verdadera transformación personal») y sobre todo que colectivamente permita descubrir aspectos que realmente logren alinear los proyectos con las personas.

Nos queda claro que en esta vida hay «aspectos que no puedo cambiar» pero en cambio hay otros muchos que sí puedo cambiar. Es en éstos donde la actividad, nuestra profesión, nuestros proyectos deban focalizarse. Parece que ahora en estas circunstancias, todo aquello que tiene que ver sobre todo con proyectos de «personas con personas» están en crisis (empleo, lo social, educación, servicios, 3ª edad, etc). Es por ello que este empuje hacia la exploración de nuevas vías es la necesaria para ir abordando situaciones que asienten la confianza, sabiendo del riesgo. Porque con el riesgo hemos de convivir sí o sí. Igual que con la seguridad o inseguridad (vete tú a saber) y las dudas.

Pienso, no cabe duda, en las marcas. Hemos visto en estos meses pasados a muchas de ellas «bloqueadas», «paradas», como quien lleva una pesada losa sobre sus espaldas que creía potentes y resistentes. Quizá su desarrollo ha vivido en un presente cómodo y de sentido común, sin tiempo dedicado a explorar, a indagar, a preguntarse «¿y si…?». Es fácil visto el percal de estos meses pasados decir esto, cierto, pero también es verdad que algunas preguntas realizadas con anterioridad han encontrado algunas respuestas en eso de «si hubiera aprovechado la oportunidad». Y es que las oportunidades a veces vienen, pero en general hay que ir a buscarlas y a explorarlas. Y eso es lo que deberíamos aprender de todo esto y de hacer, desde ya. Como decía Andrés Calamaro en su canción «Las oportunidades»: «…Será que será suficiente con que uno elija … Porque si no la buena fortuna pasa de largo».

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La foto de inicio es de Pixabay, de Qimono

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