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Oct 07 2013

Cuando los edificios te hablan

Si tuviéramos un estetoscopio y lo pusiéramos en las paredes de una casa, estoy más que seguro que oiríamos un palpitar muy fuerte. Ni que decir tiene que las casas existen porque en ellas hay vida, si no, no harían falta. Serían grises, tristes, sucias… y en ese caso prescindibles. Existen edificios, viviendas que muestran su vitalidad porque cuando contienen personas, se nota. El pausado sonido de las pisadas descalzas por el pasillo, el tac-tac-tac-tac del cuchillo picando la cebolla para la tortilla de patata de la noche, la música de fondo en el salón o las risas de los enanos correteando por las habitaciones. Una planta en la ventana. El contenido supera el continente y eso es de agradecer.

Leí no hace mucho que la diferencia entre un/a ciudadan= y un/a turista es que l=s primeros siempre van mirando al suelo y en cambio quienes están de visita turística van siempre mirando hacia arriba, a descubrir las casas, las viviendas y los edificios, sean como sean. Y seguramente hagáis el mismo ejercicio de imaginación que hago yo al pensar qué ocurrirán en esas casas cuando se habitan en algún momento del día, qué están cocinando o si están leyendo. Los recuerdos de las visitas a las ciudades son siempre en forma del “ladrillo emocional”: edificios, casas y viviendas que contienen vida. Las fotos lo atestiguan. Esta plaza, este museo, esta calle, esta casa. El 80% de cada foto son edificios y nosotr=s siempre en un 2º lugar: “mira, aquí estábamos delante de ………”

Cuando recorres el casco histórico de Vitoria-Gasteiz, seas o no habitante de él, descubres otra ciudad. Tengo la suerte de vivir en él desde que me “independicé” y siempre tengo la sensación de vivir en una etapa de la historia que ya pasó pero que se sigue construyendo día tras día. Me imagino a los caballeros, a l=s artesan=s en sus calles trabajando, a l=s niñ=s jugando a pillar, a gente charlando mirando desde lo alto de la colina el extraradio de la ciudad. Y me gusta. El problema de la imaginación es que te gustaría que se plasmara en algo real, que proyectara aún más tu imaginación.

En realidad somos afortunados porque en Vitoria-Gasteiz tenemos 11 edificios que nos hablan cada día y nos cuentan ese trocito de historia para que sigamos pensando e imaginando y sobre todo para que no olvidemos. Porque si olvidamos entonces deja de ser historia. Tengo cerca de mi casa, varios murales que me hablan cada vez que paso delante de ellos, me hablan, me explican, me preguntan. Nunca paso de lado, siempre hay un momento en el que casi de forma reverencial, te pones de frente y le saludas: “¿qué hay de nuevo, viejo?“. Y allí, un ratito que nos miramos, pensamos y nunca nos despedimos porque entonces la magia del edificio hace el resto y te sigue hablando aunque no estés delante.

Este fin de semana he pasado por delante de un nuevo mural que se está haciendo en estos momentos, en la calle Zaramaga, conmemorando el fatídico 3 de marzo de 1976, cuando apenas tenía 6 años. Otro de esos momentos de la historia de nuestra ciudad que han dejado huella en mucha gente y que ahora más que dejar huella, lo que se pretende es que ese edificio nos relate lo que vio, cómo se siente y cómo nos invita a conversar. Es curioso. Otro edificio que nos habla para que al dialogar sigamos construyendo una historia que no es pasado sino presente, porque se sigue escribiendo, cada una de esas personas con nombre y apellidos que cada día se suben a los andamios para acariciar el edificio plasmando su imaginación en forma de brochazos… que cuentan cosas.

Estoy más que seguro de que cuando se acabe de pintar el mural, es y será sólo entonces cuando ese edificio empiece a hablarnos día tras día. A cada un= de nosotr=s y a la ciudad, a toda la ciudad. Seguramente en ese momento ni necesitemos estetoscopio para saber si hay vida en ese edificio. Simplemente mirándolo, sintiéndolo y preguntándole encontraremos respuestas a una pequeña parte de nuestra historia como ciudad, de lo que en realidad es y quiere ser Vitoria-Gasteiz en el futuro. Una ciudad con mucha historia y muchas historias. Pero también en ocasiones (quizá demasiadas), una ciudad que sigue en silencio, con edificios significativos que están callados, tristes, grises, que cuando pasamos por delante de ellos, lloran y sienten la pena del vacío y la soledad mientras ven a su alrededor otros que están naciendo para albergar quizá esa vida que ellos podrían (y deberían) tener. Es lo que tiene pensar en construir una historia sin pararte a pensar si esa historia ya existe y sólo hay que darle voz y cariño. Y de eso en Vitoria-Gasteiz, tenemos bastante y desgraciadamente en silencio. Por eso, cuando ves estos murales en esas casas que, aparentemente no tienen nada que decir, que te hablan y te cuentan historias, es cuando realmente te das cuenta del valor de esa historia recuperada hecha presente.

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La impresionante foto inicial en blanco y negro es de Josetxu Silgo. Disfruta de muchas más en su web Only Street Photography.

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