Calles
Diría que, como en la práctica totalidad de las ciudades, la vida se realiza en las calles. La actividad profesional tiene un espacio acotado para que podamos ejercitar nuestro oficio, sea el que sea, en oficinas, despachos, pabellones, establecimientos, etc. Afirmaría más: esta misma actividad profesional seguramente necesita de calles para que pueda manifestarse en su totalidad. Los espacios, los encuentros, las conversaciones tienen un sentido especial si se dan en las calles. Nos miramos, escuchamos, compartimos, modificamos una respuesta, una frase, una percepción preconcebida si estamos en las calles, de cara.
Calles.
Vitoria-Gasteiz tiene un enorme reto por delante para amplificar que sus Fiestas, del 4 al 9 de agosto, son realmente especiales, únicas, diría yo, en toda España. Por sus calles. Sí, soy vitoriano y de Vitoria-Gasteiz. Hago cada año un ejercicio de reflexión y salvo el caso de Pamplona y San Fermín, el caso de Vitoria-Gasteiz no tiene igual. Las calles toman el protagonismo, agosto lo permite por supuesto, pero las calles son conquistadas por la ciudadanía, por las numerosas cuadrillas de blusas, sus fanfarres y txarangas, las terrazas son mayoría absoluta, las actuaciones ocupan espacios públicos de la ciudad, todo, todo está en las calles.
No es cuestión de cuánto tiempo (que ocupa una gran parte del día) sobre todo a partir del mediodía, pero las calles abrazan que se expresen la alegría, las celebraciones, las «vivencias» (hablemos de ello mejor que «experiencias»). Las calles son plataforma, y las calles son parte esencial de eso que llamamos identidad y comunidad.
Las calles fueron tan protagonistas que «probar» limitar su acción por algunas de ellas –el conocido «paseíllo«– produjo el efecto contrario: hastío, pena, falta de conexión con las personas, transmisión de alegría y un tiempo precioso que se convirtió en una triste consecuencia. Las calles tienen ese carácter de contagio emocional que en un momento dado configura esa identidad de la que toda la ciudadanía siente como propia, inalterable y de valor. Tratar de limitar (aaayyy el prohibir) este carácter no beneficia a ninguna de las partes. Porque las calles son abiertas, populares y compartidas.
Las calles no son asfalto, ni baldosas, ni adoquines, ni maderas, ni cualquier otro material de construcción. Las calles son encuentros, son expresiones vivas de las relaciones que vivimos como personas. La función real de las calles es acoger todo ello y que podamos no solamente transitar sino evidenciar que somos seres sociales, que formamos una comunidad y que desde ellas mismas somos y son parte configuradora de la identidad de un lugar.
Cedimos las calles a los automóviles para circular entre ellas, reducimos el espacio de las personas para que un sector industrial se apodere de nuestro día a día. Hoy muchas ciudades están recuperando esas calles perdidas para las personas, para que puedan suceder cosas que nos hagan sentir parte de un espacio propio. No niego las ventajas de la movilidad, apelo a que en esa movilidad las calles acojan personas y no las expulsen a otros espacios.
En las calles se produce la fiesta, la celebración, los «volver a vernos» –como en estas fechas postvacacionales–, los paseos y sus confidencias, el ejercicio físico, las visitas que vienen y las personas que muestran con orgullo lo que su ciudad significa y representa. En las calles, como en las Fiestas de Vitoria-Gasteiz, cabe la música, la cultura, las luces, las rayuelas, los deportes, los mercados,… Las personas acudimos a ello, miramos, observamos y cotilleamos, saludamos, nos abrazamos, charlamos, escuchamos, jugamos, esperamos, corremos, andamos despacio, nos paramos.
En las calles, las benditas calles, está todo.
En las calles están las marcas: las vemos, las escuchamos, entramos en ellas, las probamos, las preguntamos, las usamos, las recomendamos. En las calles las marcas se abren en canal a la realidad de cada día, a nuestra realidad. Entonces ellas, las marcas, se muestran como son en realidad, no como parece que son. En las calles las marcas no se exponen, se prestan, y con ello se acercan o se alejan las expectativas y las promesas que se crearon, con las necesidades de cada persona y su momento, lo concreto, lo auténtico, lo personal, lo propio. En las calles las marcas escuchan, no hablan ni gritan ni interrumpen (no deberían, vaya). Dialogan, conversan, van de la mano contigo o simplemente te acompañan para pasar a convivir.
Las marcas tienen que pensar en calles. En su día a día, en lo que sucede o puede suceder, en escuchar y observar más, para ayudar mejor. En adaptar la propuesta diseñada en un espacio acotado (¿recuerdas?) a lo que pasa en cada pregunta, en cada duda, en cada ilusión por conseguir, en cada metro por conquistar. Las marcas tienen que dejar el neón para brillar de verdad, sin artificios, sin maquillajes. Las marcas tienen que mutarse en calles. Ser calles, no simplemente estar en las calles.
Pasamos poco tiempo en realidad en las calles. Necesitamos más tiempo en ellas. Hay que recuperarlas más veces, más tiempo, más personas. Las calles que llegan y configuran plazas, las calles que te llevan a un espacio para estar contigo mismo en silencio, las calles que llegan a destino, las que no tienen final o las que son en ambas direcciones sin importar cuál es la correcta. Necesitamos calles, plazas, porque necesitamos que las personas nos sintamos mejor. Benditas calles.